La transmisión intergeneracional del odio
Se dice que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, y eso mismo me ha pasado a mí, pues es la segunda vez que la final del Mundial me pilla en un pueblito muy querido del País Vasco de cuyo nombre no quiero acordarme en esta reflexión.
Aquí los hinchas de la selección somos como los paleocristianos del siglo II, que tenían que esconderse en catacumbas para hacer sus rituales y debían esconder cualquier símbolo para evitar persecución.
El domingo por la mañana no se veía ninguna prenda roja que no fueran las camisetas del Athletic. Un senegalés se paseaba por las terrazas del pueblo vendiendo camisetas de fútbol. Le pregunté si tenía alguna de España, me dijo que solo vendía las de la selección de Palestina, la selección vasca y la Argentina. Por supuesto eran todas imitaciones, no vayan a creer que el dinero de las ventas llega a Palestina. Bastante es que mantiene a este buen hombre de gran olfato comercial que ha aprendido a chapurrear el euskera y que despacha aquí como una sucursal de Zara.
Varias madres autóctonas se le acercaron para comprar a sus hijos equipaciones albicelestes mientras tomaban el vermú.
Sospecho que la final habrá sido extraña para estos chavales que recibían de sus padres el mandato de desear la derrota de sus héroes, las estrellas del Athletic: Unai, Nico Williams o Laporte. Por el contrario se les apremiaba a animar a un equipo extranjero que parecía más empeñado en romperle las piernas a los suyos que en jugar al fútbol. ¿Se habrían vuelto locas sus madres, estarían borrachas? Al fin y al cabo, ¿qué vínculo tenían ellos con aquel equipo argentino que además estaba llamado a perder bochornosamente frente a sus ídolos?
A toda esta disonancia cognitiva a la que someten a sus hijos, los padres añaden la imposición de la innecesaria melancolía de una derrota que era de otros, y la orfandad de una alegría que podría haber sido suya. Así empieza uno a llenar en la vida la fosa séptica de resentimiento que toda persona lleva dentro, y cuya capacidad tiene un límite a partir del cual se va desbordando y contamina el pensamiento, el espíritu y hasta el gesto de la cara.
¿Y qué les han enseñado estos padres a sus hijos? Que lo que determina el vínculo con una persona no es la admiración que inspire o sus méritos, sino el escudo nacional que el azar puso en sus pechos.
Esto queridos lectores, es el nacionalismo.

maravilloso articulo querido amigo.LA
Jacobo, yo vivo en Bilbao hace 23 años, manchega de nacimiento y casada con un barcelonés que lleva más años aquí que yo. Hijos vascos que hablan catalán, euskera, castellano, inglés y cuesta mucho explicarles que la gente no se alegre por la selección, no lo entienden y es normal. El odio que transmiten a los hijos es enorme. Esos niños no han vivido nada que les haga odiar, solo han nacido en una familia que decide transmitir odio. Es una pena y mira que adoramos Bilbao y sus gentes, pero estas cosas te hunden el ánimo a veces. Mi hijo sabe que puede lucir más tranquilo la camiseta de la selección en Cantabria que aquí y no lo sabe por nosotros…